sábado, 14 de marzo de 2015

Miguel Molina Salado


En 1.916 nació en Málaga éste joven, al que me unió una fraternal amistad desde el mismo día que le conocí. Sin madre desde muy pequeño, vivió con una tía suya a quien amaba con frenesí. Debido a la mala situación de la familia, Miguel no pudo asistir a la escuela. Creció en un ambiente malsano,  cuando empezaba a mocear, el baile y las juergas fueron sus brújulas orientadoras. Un día por cuestión de faldas, va a parar a la prisión, donde nuestro inolvidable amigo y compañero Miguel Cobos, que sufría una de sus muchas detenciones gubernativas le conoció.

Pronto se  da cuenta de que todo en él era podredumbre. Sobre su educación, que más que descuidada era nula. Hay  en él un espíritu solidario y unos sentimientos nobles y altruistas.

Expone el caso entre los compañeros  solicitando del Director de la Prisión,  que este joven detenido por delito común pase a la Brigada de los sociales. Concedida la autorización, entra con su petate en la Brigada de los Anarquistas, como la denominaban los presos comunes.

Lo primero que impresiona a nuestro joven, es la igualdad de trato entre los encarcelados por delito político, o para mejor precisar, por los políticos. La propiedad no aparece por ninguna parte, en el centro de la Brigada hay un cajón donde todos depositan el tabaco que reciben. Bueno o malo, todo cae en el mismo recipiente,  del que cada uno va sacando lo que necesita para fumar, o repartir entre los necesitados del patio común, sin  que nadie ejerza control alguno. En una repisa hay papel, sellos, y cuanto se necesita para relacionarse con el exterior. Pero, lo que más le llama su atención de hombre nacido y criado en la desconfianza es,  que sobre esta misma repisa, todos los compañeros van dejando el dinero que van recibiendo tomando cada cual el que precisa. El observa creyéndose vigilado, pero pronto se convence que la mayor sinceridad y honradez preside la vida en común de los hombres presos por  " revolucionarios”.

Por la tarde, después de  dormir la siesta, se da paso al dialogo y a la conferencia. Molina es de los más atentos; jamás había oído hablar de estos problemas,  por eso se interesa quizá más que los otros. Por la noche, cada cual con su libro en la mano, trata de aumentar el caudal de conocimientos. Molina no sabe apenas leer,  pronto encuentra un maestro que se entusiasma al ver el interés que éste joven pone en aprender,  y antes de lo que muchos pensaban, Miguel leía los libros algunos le eran difícil de digerir, pero  a ello le ayudan todos los que le rodean con el mayor cariño,

Miguel Molina Salado, lamenta  no haber ingresado antes en la prisión para conocer a estos hombres y las ideas por las cuales sufrían arrestos.

Un día una voz se oye en la galería  -¡Miguel Molina Salado, con el petate y a la calle!-

Los compañeros le abrazan con cariño; le habían tomado  afecto. Le recomiendan que cambie de ambiente y de amistades, recomendación, que ya se había hecho a su conciencia.

La memoria es el agradecimiento del corazón " y él no podía olvidar lo que había visto y vivido junto a esos Quijotes de la sociedad actual”

Rompe con todas las amistades anteriores a su encarcelamiento,  comienza a acudir a las asambleas que en la Calle D. Cristián celebran los sindicatos. Por fin ingresa en las J.J.L.L. del barrio Perchel, dando ejemplo de  moralidad y hombría, que admiraban todos sus compañeros. Presta su concurso físico y moral en todo movimiento reivindicativo de los trabajadores. Sus vecinos, se extrañan del cambio de conducta y de carácter de Miguel. Es respetuoso con todo el mundo,  para todos tiene una sonrisa  que cautiva. De sus manos, jamás se desprende un libro; tiene ansias de recuperar el tiempo perdido.

En  1933, llega a Málaga el tristemente célebre  " el Carrero  ", administrador  y verdugo del Penal del Puerto de Santa María, asesino del compañero Luna. Una tarde, ese monstruo es víctima de un atentado  resultando herido en la puerta de su misma casa, en el Pasillo de Santo Domingo. Miguel Molina es detenido como presunto autor del atentado. El, niega enérgicamente su participación en el mismo y, pese a presentar pruebas de su inocencia, es bárbaramente apaleado por la policía, en particular,  por el de la Brigadilla Social, Ariza. Molina le amenaza y el otro le lanza una cerilla encendida al rostro. Pasa a la cárcel como detenido gubernativo, de donde sale quince días después.

En ese respiro de libertad, sigue los pasos del policía Ariza y, por fin un día, se encuentran frente a frente. Ambos tiran de pistolas, ganándole en rapidez Molina, que hiere al polizonte. La policía se lanza en su búsqueda, persecución que él sabe burlar, unas veces por la astucia y, otras por la bravura de sus arremetidas.

Un año ha pasado sin que la policía lo haya podido detener. Durante ese tiempo, una bomba estalla en la casa de  "  el Carrero”.  El 29 de marzo de 1934, con motivo de la huelga de protesta por la arbitrariedad cometida por los guardias de asalto con los presos sociales, Molina contribuye con los jóvenes y menos jóvenes, a que la protesta por este atropello se haga sentir. Es detenido junto con Antonio García Álvarez cuando embarcaba para Valencia, denunciado por el confidente Antonio Chacón, que se presentó en Málaga cómo perseguido político.

Durante varios días, permanece en el cuartel de la Guardia Civil del Pasillo de Natera, no  pueden arrancarle confesión alguna. Juzgado por un Tribunal de Urgencia, es absuelto por el tiroteo de la Plaza de la Merced, pero queda detenido por el atentado a un policía.

Los presos sociales preparan una fuga, con ella quieren  reparar la injusticia cometida contra los compañeros Antonio Machuca, Antonio Rovira y Juan Ruíz, detenidos como presuntos autores de un atentado al alcalde de Marbella. El fiscal les pedía dos años; el Tribunal en sus conclusiones definitivas, les condena a dos años.

El Director de la Prisión, nota algunas anormalidades en el movimiento de los sociales,  ordenando un registro a fondo en su departamento. Miguel, dormía en una celda del mismo. Era una verdadera habitación de soltero cuidadoso. Una colcha tapaba el sucio petate; cuadros familiares ornaban los muros; libros en su improvisada mesita de noche, los oficiales lo ponen todo patas arriba, Miguel presencia el registro sin poder contener su nerviosismo. Cuando éste termina, se dirige al oficial Manuel Cazorla y le pregunta:

- Y ahora  ¿Quién vuelve a arreglar todo esto que me habéis desordenado?

- ¡Tú! - es la respuesta del oficial.

Molina, se abalanza sobre él y le abofetea hasta que es separado por el resto de los oficiales que acuden a los gritos de Cazorla.

Nuestro Miguel, es conducido a la celda de castigo, rigurosamente incomunicado. Rompe la tubería del agua y aporrea con el tubo  la puerta hasta que tienen que cambiarlo a otra celda.

Los días van pasando con demasiada rapidez,  los compañeros  saben que ya está en la Dirección la orden de traslado de los otros compañeros. Se recurre a estratagemas que engañan a los médicos, dando lugar al aplazamiento de la conducción. La fuga hay que precipitarla,  una comisión se dirige al Director solicitando que levante el castigo a Molina, pero éste no accede a la petición. La fuga hay que efectuarla sin contar con nuestro amigo.

A las doce de la noche los petates son rasgados y hechos con ellos una cuerda,  se la lanzan al compañero Francisco Carmona, que, desde la garita  "  vigila   " a los presos  (Carmona era el soldado que en esos  momentos hacía de centinela); éste ata la cuerda a los hierros de la garita y da la consigna de que pueden comenzar  a pasar. Pasa Enrique Toledano Díaz, José Silíceo Victorio, José Pareja Rodríguez y Cipriano Domínguez. Un error hace fracasar el plan completo de la fuga, evitando que salieran más compañeros. El centinela tiene que abandonar su puesto para huir con los compañeros.

Después del incidente acuden los oficiales y comienza el recuento. Dos camionetas de guardias civiles entran en la prisión y todos somos conducidos a las celdas de castigo.

Miguel Molina oye voces conocidas desde su celda,  sabiendo la causa de éste movimiento, comienza a gritar fuertemente:

- ¡Viva  la amnistía de la F.A.I! -

Los oficiales tratan de callarlo sin poderlo conseguir. Un compañero portugués, Edmundo Louis, responde como un eco a las voces de Molina.

Al día siguiente,  se presenta el Inspector Regional de Prisiones, ordenando abrir las celdas y el apaleo de los presos, Molina desde la suya le insulta llamándole  cobarde,  asesino, etc. El inspector manda abrir la celda de Molina, y tan pronto es abierta la puerta,  éste se lanza contra el inspector a quien acierta a dar dos fuertes puñetazos en pleno rostro, se  defiende de todas las huestes que acompañan al carcelero repartiendo bofetadas a diestro y siniestro, es nuevamente encerrado, sin que nadie vuelva a molestarlo.

Un nuevo expediente es abierto contra él. Por incorregible es trasladado al Puerto de Santa María.

En éste triste Penal, le sorprende el Movimiento militar fascista. Los guardianes saben ya de su indomable carácter, cuando nuestro compañero tiene conocimiento del levantamiento, grita desde su celda llamando a la resistencia. Les insulta; es el único medio de que dispone y lo emplea.

Los fascistas triunfantes; no saben cómo abrir aquella celda para fusilar a Molina saben que se defenderá cómo un león.  Pese a estar armados hasta los dientes, frente a un indefenso preso, ninguno tiene valor de tirar del cerrojo.

El cañón de una pistola es introducido en el  "  chivato  " de la puerta. Se  llama la atención al preso, y cuando éste aplica el ojo al agujero, el Director aprieta el gatillo de su pistola.

Molina, cae muerto en el acto, con la cabeza perforada; pero aquellos cobardes aguardan más de dos horas para abrir la celda por temor a que aún viviera.

Así murió MIGUEL MOLINA SALADO, el amigo que jamás olvidaré.

Escrito por Luis Gallego Ponce  militante de CNT-AIT Málaga 

Fuente documental Archivo Histórico de la CNT de Málaga.

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